"VEINTE VERSOS INÉDITOS DE LOLA RODRÍGUEZ DE TIÓ"

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Como hemos visto en otras páginas de esta sección, dedicadas a las tarjetas postales auto biografiadas por personajes ilustres allá por la primera década del siglo pasado, fue usual que miembros de las familias importantes de la época - sobre todo las jovencitas - enviaran tarjetas con su dirección, e incluso el sello necesario para el franqueo, a quienes admiraban por una u otra razón  parar que estos se las retornaran con su firma y generalmente un comentario,  un pensamiento, un verso, etc. Este pasatiempo se generalizó en nuestro país bajo la influencia de diversos certámenes auspiciados por instituciones o publicaciones importantes como la revista “El Fígaro”.

Fue esta primera década un periodo ideal en que se conjugaron el auge y la existencia en el mercado de miles de tarjetas postales de todo tipo y procedencia con la presencia en el país de diversos intelectuales y artistas  que regresaban del destierro, de políticos y funcionarios que se destacaban en la organización de la republica  recién surgida y sobre todo de héroes de la pasada guerra que gozaban de la admiración de nuestro pueblo y bien merecían los desvelos para obtener sus autógrafos.

Gracias a esto actualmente y con un poco de suerte, los que gustamos de formar colecciones ligadas a nuestro pasado  podemos reunir con paciencia y el paso del tiempo estos autógrafos,  invaluables retazos de historia, enmarcados todos en un mismo contexto: una tarjeta postal generalmente valiosa desde un punto de vista artístico o documental.

A veces llegan a nuestras manos en viejos álbumes que las jovencitas preparaban con arte y dedicación, otras desperdigadas dentro de lotes de viejas postales, dentro de colecciones formadas por alguien anteriormente, etc. Cuando esto sucede buscamos ansiosamente a los personajes que más admiramos o aquellos cuya huella queremos seguir por determinadas razones. En nuestro caso más allá de la importancia del personaje nos interesa el testimonio que este dejo plasmado. Y dentro de estos testimonios unos de los más interesantes son los versos que dedicaron los grandes poetas del momento a sus admiradores muchas veces relacionados incluso con la imagen de la postal o con la situación o hechos del momento.

Claro que cuando de un mismo personaje reunimos varias firmas podemos decir que tenemos algo así como una pequeña colección. A la que hemos formado teniendo como  protagonista a la gran poetisa portorriqueña Lola Rodríguez de Tió le dedicamos esta página. Cuba tuvo la suerte de albergarla en su seno por décadas. En un inicio llegó a nuestro país a través del destierro por sus ideales libertarios y más tarde se quedó entre nosotros atada por las estrechas relaciones que forjó con los nuestros y por lazos familiares que la mantuvieron por siempre en una Habana que fue su nido, la ciudad en que vivió la última etapa de su vida, escribió gran parte de su obra e incluso descanso para siempre.

A través de años de búsqueda hemos llegado a reunir veinte tarjetas postales enviadas por ella a diversas jovencitas de la época en que además de su firma les regala versos que podríamos catalogar como inéditos, generalmente alegóricos a la imagen de la postal o a hechos de la época. Le invitamos a repasarlas en nuestra galería.

Para una mejor comprensión y disfrute de esta entrega añadimos a continuación una pequeña síntesis biográfica de su vida:

Nació Lola Rodríguez de Tió  el 14 de Setiembre de 1843 en las Lomas de San Germán, Puerto Rico. Ello la llevaría a ser conocida como “La Cantora de las Lomas”

Desde muy joven se distinguió por poseer una inteligencia fuera de lo común y una profundidad de ideales que la llevaron a romper con los cánones morales de la época. Siendo aún una adolescente se le declaro al hombre que escogió como compañero de su vida sin esperar por su iniciativa como era costumbre. Así el 13 de Febrero de 1865 contrajo nupcias con el periodista y poeta Bonocio Tió y Segarra con quien compartiría su vida, el amor a la libertad de su patria y el gusto refinado por la literatura.

Pronto estableció en su hogar de San German una tertulia literaria y a la vez conspirativa en cuyo ambiente concibió “La Borinqueña”, himno nacional de Puerto Rico. Según ella la letra fue ideada de forma tal “que hiciera salir al pueblo de sus casas y empuñar las armas”.

En 1873 se convirtió en la primera mujer que habló en público en su país al pronunciar un discurso en el acto de graduación del colegio de Mayagüez. Con la publicación en 1885 de su libro de poemas “Claro y Nieblas” la poesía lírica en Puerto Rico llega a su mayoría de edad.

En 1888 fue expulsada de su país debido a sus ideales libertarios gracias a lo cual vino a radicarse en Cuba junto a su esposo y a su hija Patria. Pronto su casa situada en la calle San José se convirtió en nido de una tertulia artístico-literaria que bautizó con el nombre de “Mi Colonia Griega”  de la cual fue centro y alma y que le llevo a trabar amistad con los más destacados  patriotas del patio, junto a los cuales participo activamente en diversas labores independentistas. Por esa época colaboró con las mejores revistas del momento como El Fígaro, El Hogar, Letras, etc.

Fue gran amiga y admiradora de Máximo Gómez, con quien mantuvo una extensa correspondencia así como de Juan Gualberto Gómez, Marta Abreu, Raimundo Cabrera,  Julio Sanguily y muchos más. Su actividad independentista hizo que las autoridades la expulsaran de Cuba en 1896 de donde partió hacia Nueva York. Ya en 1899 con la derrota española regresó estableciéndose en una pequeña casa de la calle Amistad donde reinició sus ya famosas “Colonias Griegas” que llegaron a convertirse en centro de populares debates artísticos y políticos.

A partir de 1900 se mudó para otra vivienda situada en la calle 4 esquina 5ta en el barrio del Vedado, propiedad del joven Fernando Sánchez de Fuentes, hermano del conocido músico Eduardo Sánchez de Fuentes, ambos asiduos participantes de sus tertulias. Así es como pasado un tiempo Fernando se casó con su hija Patria. Los recién casados se instalaron junto a Lola y Bonocio en dicha casona del Vedado para convertirla en hogar definitivo de la gran poetisa, en su “alero cubano” como ella lo definiera. Su esposo Bonocio Tío muere en 1905. En 1910 es nombrada miembro de número de la Academia Nacional de Artes y Letras, recién fundada y a petición de su amigo Juan Gualberto Gómez, en aquel entonces presidente de la Junta de Educación de La Habana, comienza a trabajar como superintendente de escuelas privadas a partir de 1912.

Muere en La Habana, el 10 de noviembre de 1924 dejando un extenso epistolario con políticos, artistas y escritores de América y Europa. Por voluntad personal es enterrada en el cementerio Cristóbal Colón de la capital cubana.