UNA MEDALLA ESPAŇOLA: “A LOS DEFENSORES DE LAS TUNAS” – LA PRIMERA DE TODAS

El 16 de agosto de 1869, las tropas mambisas cubanas lanzaron un fuerte ataque sobre la pequeña ciudad de Las Tunas logrando tomar una buena parte de esta. Sin embargo, las fuerzas españolas consiguieron resistir y los cubanos se vieron forzados a retirarse, no sin antes incendiar la zona de la ciudad que se encontraba bajo su control.

Este fue el primer ataque a una plaza codiciada por su estratégica posición por parte de los independentistas cubanos. Posteriormente sería incendiada por el Mayor general Vicente García en septiembre de 1876, hacia finales de la contienda y posteriormente, durante la Guerra del 95 el Mayor general Calixto García la tomaría en agosto de 1897 incendiándola nuevamente.

Esa primera acción sin embargo dejo dos huellas que resultan bien interesantes:

-La primera fue un inusual cambio de nombre. A partir de entonces seria bautizada por las autoridades coloniales  como  “Victoria de las Tunas”, nombre que mantuvo por largo tiempo hasta que en 1975, el gobierno cubano le retiró la palabra Victoria, referencia a una controvertida y magnificada derrota de nuestros mambises que no tenía por qué mantener.

-La segunda fue una temprana medalla, primera de su tipo entregada en la cruenta contienda que tantos años duro. A ella le dedicaremos esta página.

Usando como fuente el libro de Juan L. CalvoCondecoraciones de España 1849-1975”. Barcelona, 1979, podemos ver su descripción:

MEDALLA DE LOS DEFENSORES DE LAS TUNAS (1869)

Creada en categoría única de bronce conmemorando la defensa de Las Tunas en el ataque de los insurrectos cubanos. La medalla es circular. En su anverso figura una corona vallaria y la inscripción “ESPAÑA – A LOS DEFENSORES DE LAS TUNAS”. En el reverso figura la inscripción “ISLA DE CUBA – 16 DE AGOSTO 1869”. La cinta es de color morado.

Observaciones: No ha sido posible acceder a información acerca de la fábrica que realizó la acuñación.

Estimado de rareza: Rarísima.

Esta imagen corresponde a una pieza original que ha llegado a nuestras manos. Como expresa dicha publicación que la clasifica como rarísima es bien difícil de conseguir actualmente. Resulta lógico pues no fueron muchos los que participaron en dicha acción que la hubieran de obtener. En realidad no fue una pieza como otras que se entregaron regularmente en diferentes etapas de la contienda al Ejército en Operaciones, Los Voluntarios, etc., colección a la que dedicaremos otra estampa próximamente.

Para complementar esta página incluiremos una extensa crónica sobre dicha acción que aparece en el libro “Historia de la Guerra de Cuba” de D. Antonio Pirala publicado en Madrid entre 1895 y 1898. Dicha publicación aparece en nuestra Biblioteca Virtual. De ella comentamos:- También conocida como los “Anales de la Guerra de Cuba” es una de las obras más importantes y profusamente ilustradas entre las muchas surgidas al calor la guerra Hispano-cubana. Dedicada a relacionar en todos sus pormenores los sucesos de la Revolución de Yara, la guerra Chiquita y los movimientos revolucionarios previos a la guerra del 95, constituye referencia obligada para los estudiosos de esa importante etapa de la historia de ambos países por su abundancia de datos y el uso de grandes mapas que ayudan a la compresión de las batallas narradas. Aunque con el paso del tiempo ha sido criticada por la indiscutible alineación con la parte española de su autor y por ciertas imprecisiones en los hechos narrados no hay duda de que es la obra más extensa, minuciosa y ambiciosa que existe sobre dicha etapa.

En las páginas 611 a 614 de su tomo I aparece el siguiente relato que, aunque no se puede considerar totalmente objetivo ni imparcial, es de todos los disponibles el más detallado:

Una de las poblaciones que adquirió en la guerra cubana, más importancia de la qua tenia, fue Las Tunas, cuya posición, además de facilitar se comunicasen entra si los departamentos Central y Oriental, era verdaderamente estratégica, difícil y costoso su aprovisionamiento, y se había pensado alguna vez abandonar aquella población que no podía ser alimentada sino por medio de convoyes de carretas desde Manatí o Puerto Padre. Contando unos seis mil habitantes, no tenía el pueblo más defensas que unos parapetos hechos a la ligera, y su guarnición no estaba en buen estado por el cólera y las escaseces, cada día crecientes.

Sabedor Quesada de la situación de las Tunas é importándole su adquisición, después de «ir sacando del caos el naciente ejército de la República», triunfar en la Llanada asaltando el campamento español situado en la línea férrea y en cuyo hecho de armas, viendo Quesada indeciso el éxito del combate, «se irguió sobre el caballo, y metiéndose bien dentro en las filas enemigas, y excitando con la palabra y con el ejemplo a los vacilantes, decidió la acción», cercar a Puerto Príncipe, simulando contra él distintos ataques, efectuando alguno, preparó la embestida a Las Tunas, empresa a la que daban todos grande importancia, y la tenía, sí como se divulgaba se pretendía establecer el gobierno en aquella población y manifestar así al de los Estados Unidos, que podía ya vencer sus escrúpulos para el reconocimiento de beligerancia.

Reunidas las fuerzas de las jurisdicciones de Las Tunas y del Camagüey a las órdenes de sus respectivos jefes, se puso Quesada al frente de unos seis mil hombres. Considerando seguro el triunfo acudieron a presenciarle el presidente y eminencias de la república cubana, cuyo jefe dirigió esta proclama.

» Soldados del Camagüey y de las Tunas.

» A vosotros se ha confiado una de las operaciones más importantes de esta campaña. Seguro de que aun excederéis el cumplimiento de vuestro deber; el Gobierno Supremo viene a contemplaros.

» jSoldadosl Tenéis un general entendido y valiente. A vosotros toca asegurarla con vuestro valor, vuestra constancia, vuestra subordinación y disciplina.

» jSoldados de Cuba! Vuestro enemigo cobarde tiembla detrás de sus trincheras. Sólo confía, para sostenerse, en vuestra inexperiencia y falta de recursos. Poseedores hoy con exceso de practica militar y de material de guerra, hacedle ver tras de diez meses de campaña que sabréis poner inmensa distancia entre este día y el 13 de Octubre de 1868. Entonces erais los bisoños, hoy sois los veteranos de la libertad jViva el ejército cubano! jViva el general en jefe! ;Viva la República!—El presidente, C. M. de Céspedes.»

Guarnecían a Las Tunas unos quinientos hombres, en su mayoría voluntarios. A recolectar ganado para la plaza, salieron el 16 de Agosto unos doscientos hombres, y encontraron cerca dos partidas que les inspiraron serios temores respecto a la población, a la que se avisó; dispuso el jefe de las partidas, coronel don José Vicente Valera, regresar por otro camino, sintió a poco fuego de fusilería y grande gritería, comprendió el ataque a Las Tunas y retrocedió en auxilio del resto de la guarnición.

Con grande ímpetu atacaron los insurrectos por cuatro lados, sosteniendo el encuentro las avanzadas y los defensores de las trincheras; contuvo a los invasores en el punto más débil, que lo era la segunda avanzada, el capitán Abranco; el comandante don Enrique Boniche, acudió con su gente a donde creía ser necesario; llegó en tanto Valera por el Potrero, sorprendió al enemigo por la espalda y le hizo desalojar aquel sitio, no sin combatir cuerpo a cuerpo, jugando más el arma blanca que la de fuego, la que produjo numerosas bajas, mayores las de los insurrectos por haber sido sorprendidos, por falta de previsión, pues sabían que Valera estaba cerca y había de acudir en ayuda de los atacados.

Desde el mirador de la casa del señor Rosendi comprendió Boniche claramente lo crítico de su situación, y tomó tan acertadas medidas, le secundaron tan perfectamente Valera, los capitanes Alesance y La Torre, que se rechazó a los invasores hasta el límite de la población por la parte del hospital, costando la vida a La Torre el defender después una trinchera.

En la loma de Mercader, una pieza de montaña de los insurrectos, destruyó un ángulo y pilar de la torre de la iglesia, e hizo buenos blancos en las principales casas de la población; avanzó la pieza con su numerosa escolta de caballería; dirigió tres cañonazos a la trinchera de la casa de gobierno, secundando cada disparo una carga de los invasores de pie y de a caballo, a la trinchera que defendían bien los españoles mandados por el capitán Ramos y Navarro, al de igual clase Menarquez, se encomendó la trinchera Lealtad, e impedir a los insurrectos la entrada al pueblo por las casas; al capitán Antón y Díaz, la cárcel que era cuartel de infantería y depósito de los prisioneros de guerra, y punto bastante avanzado, hasta que se le ordenó su abandono, retirándose a la plaza con los heridos. Empeñose allí porfiado bregar, que duró más de nueve horas, en las que no faltó el incendio, el saqueo y la muerte por todas partes; porque si era valerosa la acometida de los invasores, no lo era menos la defensa.

Contemplábalo todo Céspedes con sus ministros y Cámara desde la loma de Mercader, confiando en la adquisición de las Tunas tan codiciada y ya demasiado costosa; pero no pudieron vencer a sus defensores que tan heroicos se mostraron, especialmente el sargento graduado de alférez don Facundo Martín Picado, que en combate personal, se apoderó de una magnífica bandera glasé, matando al abanderado en medio de los suyos.

Fueron grandes las pérdidas de ambos combatientes, así como las que sufrió la población con el incendio y el saqueo.

Felicitó el capitán general a los soldados y voluntarios, se concedió el empleo inmediato a las clases de sargento y cabo, la cruz del Mérito militar a la tropa y pensionada con tres escudos a los heridos; la Diputación provincial y Ayuntamiento de Madrid y otras capitales dirigieron sendas felicitaciones a los que tan bien defendían la integridad nacional; se abrieron en beneficio de aquellos suscripciones productivas y las Córtes declararon beneméritos de la patria a los defensores de las Tunas, cuyo nombre se cambió por el de Victoria de las Tunas.

El fracaso que allí experimentaron los insurrectos, ocasionó graves consecuencias. Defraudó sus esperanzas de auxilio de los Estados-Unidos, que tanto necesitaban, abatió el ánimo de aquellas huestes a las que tan segura se les presentó la Victoria, para la que no perdonaron los más bizarros esfuerzos, despertó mal dormidas rivalidades, la escisión de algunos jefes y más particularmente las de los partidos camagüeyano y bayamés, culpándose mutuamente del fracaso, no conteniendo la prudencia las manifestaciones de la enemistad. Esto impidió, según declararon individuos procedentes de aquel campo y explicaban el hecho, de que no se efectuara al día siguiente el asalto a Las Tunas, que se esperaba, pues por numerosas que hubieran silo las pérdidas sufridas, tratándose de fuerzas superiores a las del contrario, no podían ser tan grandes que les imposibilitaran hacer nuevo alarde. Así se explica el rompimiento de Quesada con Céspedes, después de cruzarse por una y otra parte frases bastante duras.

Declararonse las divisiones previstas, con su séquito de amargura entre los jefes insurrectos que tomaban una parte directa en la dirección de los negocios, pues habiendo reunido la insurrección fuerzas tan considerables, contando con más elementos que un año antes, y con gente más valerosa era seguramente para desalentar el no conseguir los resultados en que se confiaba.

El blanco principal de los tiros de la mayor parte de los insurrectos fue el general Quesada, que no había de continuar mucho tiempo al frente de las fuerzas de la insurrección

Al recibir los laborantes de la Habana la noticia de lo sucedido en Las Tunas, redoblaron sus esfuerzos para alarmar los ánimos, no muy difícil, pues algo lo estaban por el proceder del Capitán general con unos voluntarios de artillería, arrestados justamente por el Capitán Martiantu de acuerdo con el coronel, a cuyos jefes desprestigió levantando el arresto y devolviendo las armas. La celebración de un bautizo sirvió de pretexto a unas señoras para mostrarse con el pelo suelto y ataviadas con atributos insurrectos; a los hombres para ostentar corbatas azules sembradas de estrellas de simpatía ó de cinco puntas, y a todos para entonar canciones de moda que terminaban vitoreando a Cuba libre, y a los caudillos de la manigua; y con tan poco recato que oídas las voces por los delegados de la autoridad, llevaron a las señoras a las recogidas y a la cárcel a los hombres. Hijos del país luciendo la escarapela de voluntarios promovieron desórdenes en perjuicio de los mismos, vitoreando a Cuba libre a Céspedes, sin importarles las consecuencias.

En distintos sitios de la Habana y fuera de ella hubo sucesos que demostraban la exaltación política en que se vivía, el malestar que en todas partes se sentía hasta se repartió profusamente una hoja clandestina titulada «A. todos los buenos españoles residentes en Cuba, y en particular a los voluntarios, manifestando el modo y manera de concluir la guerra;» en cuya hoja con no buen estilo, se concitaban las pasiones.