LA EMISION DE BILLETES DE 1905 Y LA HISTORIA EL BANCO NACIONAL DE CUBA (NATIONAL BANK OF CUBA)

En 1899, bajo el Gobierno Interventor norteamericano, se estableció en la capital cubana, fundada por los señores Samuel Jarvis y R. R. Conklin, experimentados hombres de negocios hipotecarios de Nueva York, una sucursal del North American Trust Company, entidad bancaria contratada por las autoridades norteamericanas en Cuba para el manejo de los fondos del Ejército de ocupación, además de actuar como agente fiscal del Gobierno Interventor.

Sin embargo, los directores de la mencionada entidad no se interesaron en desarrollar por su cuenta negocios bancarios en Cuba, por lo que, en febrero de 1901, la sucursal del North American Trust Company se reorganizó bajo el nombre de Banco Nacional de Cuba (National Bank of Cuba), con capitales norteamericanos y cubanos, comenzando sus operaciones el 18 de julio de 1901. Entre los principales financieros norteamericanos contó con el apoyo de la casa Morgan de Nueva York, y entre los cubanos con un importante aporte de Don Francisco Gamba, comerciante importador de tejidos de la calle Muralla y presidente de la Asociación de Comerciantes, que en virtud de su significativa contribución financiera se convirtió en el primer presidente del Banco Nacional de Cuba.

En el mes de febrero de 1902 el Banco firmó un contrato con el Gobierno Interventor que lo convirtió en depositario de éste hasta la suma de 3 millones de dólares y en agente fiscal por una pequeña comisión. Estos servicios los continuó prestando a los sucesivos gobiernos cubanos mediante varias prórrogas, la última de las cuales fue concedida por el Decreto número 927 de 2 de julio de 1919, que debía expirar el 22 de abril de 1925.

Al cesar en 1902 la administración norteamericana en Cuba, el presidente Tomás Estrada Palma intentó concertar un empréstito interior para estimular la economía agropecuaria, y el Banco Nacional de Cuba se interesó en este proyecto junto con otras firmas de los Estados Unidos, a pesar de que en ese momento el señor William A Merchant, que fue vicepresidente y después presidente del Banco, abogaba por la anexión de Cuba al país norteño, en un informe sobre la situación en la Isla redactado en su condición de representante de la firma R. G. Dun, de Nueva York..

Por otro lado, una firma de corredores de Wall Street, la de Stern & Rushmore, se opuso con firmeza al proyectado empréstito y hasta llegó a sabotearlo, afirmando que ellos tenían bonos de la República de Cuba, emitidos en 1896, que debían ser pagados antes de concertarse un nuevo empréstito con el gobierno cubano.

Finalmente el plan del presidente Estrada Palma fracaso en cuanto al préstamo interior, pero la situación delicada que afrontaban los gobernantes cubanos fue aprovechado por la Banca Speyer, de Nueva York, con el apoyo del presidente Teodoro Roosevelt y el Secretario de Estado Elihu Root. El Congreso cubano había aprobado otro empréstito, por un monto de 35 millones de pesos, para el pago a los Veteranos del Ejército Libertador, y la presión de Washington hizo que el gobierno lo concertara con la casa Speyer, que de esa forma se introdujo en el entorno financiero de la Isla en 1903.

El Banco Nacional de cuba aumentó su capital a 3 millones de dólares en 1904 y a 5 millones en 1905, y en esa fecha tenía ocho sucursales a todo lo largo del territorio nacional. Sus negocios aumentaban y sus valores atraían a inversionistas extranjeros, llegando a contar con accionistas en la mitad de los estados de la Unión y en muchas capitales europeas. Al propio tiempo, comenzó a desarrollar su política de préstamos a la industria azucarera, dirigida especialmente por William Merchant. Así contribuyó, en los primeros años del siglo, a la reconstrucción de dicha industria, dando grandes facilidades  para los préstamos e inversiones y ofreciendo sus normas y prácticas en materia de crédito a otras entidades bancarias en el país, factores que resultaron muy positivos para la industria azucarera.
 

La emisión de billetes de 1905

El día 20 de enero de 1905 apareció publicado en el periódico La Discusión un aviso del Banco Nacional de Cuba, en el que informaba sobre una emisión de billetes realizada por dicha entidad, de la cual había enviado a sus sucursales de Cárdenas, Matanzas, Cienfuegos y Sagua la Grande, en la proporción de cuarenta mil pesos a cada una, la primera remesa de los referidos billetes, para ser puestos en circulación.

Los billetes estaban nominados en los valores de uno, dos, cinco y diez pesos, pagaderos a su presentación en la oficina del Banco en La Habana, en oro del cuño español, y habían sido impresos en los Estados Unidos por la American Bank Note Company. Presentaban en su anverso las imágenes de los siguientes personajes de la vida pública cubana: en el de un peso, Domingo Méndez Capote, presidente del Senado; en el de dos pesos, el Generalísimo Máximo Gómez Báez; en el de cinco pesos, José García Montes, Secretario de Hacienda; y en el de diez pesos, Tomás Estrada Palma, presidente de la República. En el reverso presentaba una vista del Castillo del Morro.

La información mencionaba que la primera emisión de dichos billetes ascendía a un millón de pesos en oro español, y que el Banco conservaría siempre en sus cajas una reserva igual en metálico para garantizar el pago inmediato de los billetes. También estimaba el periódico que siendo el Banco depositario del Gobierno, esta emisión serviría para que la nación cubana tuviera al fin su propia moneda fiduciaria y dejara de utilizar el dólar norteamericano y las monedas españolas y francesas que constituían el circulante monetario oficial en aquellos momentos.

La noticia de esta emisión, cuyos trámites se habían realizado en el mayor secreto, causó sorpresa en todos los sectores del país y produjo una diversidad de opiniones en la población cubana sobre su aspecto legal. Alegaban los que se oponían a los billetes del Banco Nacional de Cuba que de acuerdo con lo establecido por el Código de Comercio vigente en el país, la única entidad autorizada para emitir billetes era el Banco de España, privilegio que se había extendido, mediante un Real Decreto de 18 de abril de 1881, al Banco Español de la Isla de Cuba, por un período de 25 años que vencería el propio día y mes de 1906, añadiéndose que esta disposición estaba ampara por el Tratado de París de 1898.

Sin embargo, especialistas en la materia opinaban que el privilegio que disfrutaba el Banco Español de la Isla de Cuba había caducado  al cesar la soberanía española en la Isla, y que durante el Gobierno interventor norteamericano se había dictado una orden militar, a propuesta del Dr. José Antonio González Lanuza, sustituyendo en toda la legislación el término “español” por “cubano”, en lo referente a la nacionalidad de las personas naturales o jurídicas, por lo que debía entenderse que en virtud de dicha orden militar, el privilegio del Banco Español de la Isla de Cuba quedaba traspasado al Banco Nacional de Cuba.

Por otra parte, se dudaba también de la solvencia del Banco, pues se decía que de acuerdo con su último balance, el capital suscrito de 3 millones de dólares existía sólo nominalmente en las cajas del Banco, mientras sus acciones sólo representaban un capital de 640 mil pesos oro norteamericano. Además, se hacía llamar “depositario del Gobierno”, cuando en realidad sólo percibía una comisión por los salarios que pagaba a los empleados públicos con dinero estatal, y había hecho la emisión sin estar autorizada por el Gobierno ni por ninguna ley que la amparase.

En cuanto a los billetes en específico, muchos desconfiaban de su valor, pues no se explicaba cómo el Banco podría cambiarlos en efectivo, ya que no existía en el país moneda acuñada por su equivalente; tendría entonces que redimirlos en plata española, sin saberse a qué tipo de cambio, dadas las variaciones frecuentes del metal. Además, siendo la moneda oficial del país y el propio capital del Banco oro norteamericano, la emisión era pagadera en oro español, moneda que estaba llamada a desaparecer, ya fuera por la creación de un sistema monetario cubano o por la adopción definitiva del dólar norteamericano, como algunos pensaban que sucedería.

Reacción del Gobierno cubano

Al conocerse la noticia de la emisión de billetes, el propio día 20 de enero de 1905 la Cámara de Representantes celebró una sesión sobre las facultades del Gobierno de la República para autorizarla, y se tomó el acuerdo de solicitar al Poder Ejecutivo información sobre si había concedido al Banco, en algún momento, la autorización para realizar la emisión.

Una semana después, el 27 de enero, era presentado en la sesión del Senado de ese día, por el senador Martín Morúa Delgado, un proyecto para modificar el Código de Comercio, disponiendo, entre otras medidas, que los bancos podrían emitir billetes al portador, siempre y cuando depositaran previamente en la Tesorería de Hacienda de la República una cantidad igual a la de su emisión, en moneda de oro norteamericana o en valores nacionales contados por su valor nominal, aclarándose que dicho depósito sólo podría ser retirado en una proporción igual a la recogida y destrucción de los billetes emitidos. En la propia sesión se produjeron otras intervenciones, siendo la más importante la del senador Antonio Sánchez de Bustamante, que planteó la conveniencia de modificar el Código de Comercio, pero a la vez establecer la creación de una moneda cubana oficial. En el mismo sentido se manifestó el senador Alfredo Zayas Alfonso, opuesto también a que se autorizase a cualquier banco para emitir billetes con carácter oficial.

En una nueva sesión de la Cámara de Representantes, el 30 de enero, se dio lectura a una comunicación del presidente Tomás Estrada Palma, en la que informaba que en ningún momento el Ejecutivo había dado autorización al Banco Nacional de Cuba para realizar la emisión de billetes.

La retirada de los billetes

Por su parte, el señor Edmund G. Vaughan, presidente del Banco Nacional de Cuba, manifestó a la prensa que un gran número de comerciantes de toda la Isla pidieron al Banco que, para facilitar sus operaciones, buscase un medio más fácil y económico para emitir fondos, a fin de no tener que depender de monedas de oro y plata. El Banco había consultado a sus abogados y estos le habían informado que, basándose en el Código de Comercio, el Banco podía hacer la emisión, y en consecuencia se habían dado los pasos necesarios para remediar la situación del comercio. Los billetes no habían sido puestos en circulación, pendientes de la autorización oficial del Gobierno, pero en vista de que el Congreso y el propio Ejecutivo se habían pronunciado al respecto, en el sentido de que la emisión de billetes no contaría, en ningún sentido, con la garantía del Estado cubano, los billetes serían retirados de las sucursales y quedarían depositados en las cajas del Banco.

Ello hizo que de dicha emisión no perdurara pieza alguna salvo las que como muestras (o espécimen) sin valor se preparaban usualmente en cada emisión de la época y que ostentan el 00000 como número de serie y varias perforaciones para inutilizarlos.

Como vemos la historia de esa interesante emisión nos lleva a comprender la rareza del billete de 5 pesos cuya imagen encabeza esta muestra. Como podemos observar no tiene las perforaciones correspondientes y tiene el número de serie 00100 además de ciertos signos de desgaste. Sobre su origen no tenemos una respuesta segura, posiblemente fue extraído de los depósitos del bando después de ser retirado por el gobierno o circuló en los primeros momentos de confusión.

Siguiendo con la historia del Banco Nacional de Cuba, decepcionado por la frustrada emisión (aunque su costo de impresión había alcanzado apenas la suma de 2 mil dólares, pagados a la American Bank Note Company) realizó, durante ese año, una emisión de acciones por un valor de 4 millones de pesos en moneda norteamericana y al 10 por ciento. Las acciones del Banco en ese tiempo tenian precio que fluctuaba entre 117 y 123 por ciento. La venta de ellas se encargó al señor R. R. Conklin, quien había sido fundador y vicepresidente de la entidad, y se le concedió como comisión todo lo que excediera de su valor nominal. Esta comisión ascendió a la suma de medio millón de pesos, al venderse las acciones a un promedio de 112.50 por ciento, lo que provocó una nueva ola de críticas contra el Banco en la prensa de la época, porque la forma en que se realizó la venta hizo sospechar que encubría jugosos márgenes para el personal dirigente de la entidad.

En 1906 el Banco Nacional de Cuba inauguró su nuevo edificio, situado en la esquina de las calles Obispo y Cuba, con una superficie de 2 500 metros cuadrados. Este fue el primer edificio de La Habana construido especialmente para el tipo de actividad mercantil a que fue destinado. La dirección técnica de la obra estuvo a cargo del ingeniero Francisco Toraya, y la construcción fue realizada por la firma Purdy & Henderson, de Nueva York. Allí radicó la entidad hasta su liquidación en 1921.