UNA RARA MARCA DE TABACOS: "LOS TACOS DEL LOUVRE"




Los Tacos del Louvre, precioso juego de habilitaciones impreso en Alemania a finales del siglo XIX por encargo de una fábrica cubana, es una de esas piezas que  nos invitan por lo pintoresco de sus imágenes a repasar los aspectos de nuestro pasado que dieron lugar a su confección. Veamos:

La Acera del Louvre:

Uno de los sitios más frecuentados por la población habanera del siglo XIX fue la Alameda de Isabel II, la que por su semejanza con el Prado de Madrid, comenzó a ser llamada desde entonces Paseo del Prado. Por la alameda, desde la media tarde, subían y bajaban a diario refinadas damas en quitrines y volantas, y elegantes caballeros a pie o a caballo, y al llegar la noche las parejas concurrían al Parque Central, donde amenizaba, entre otras, la célebre Banda del Regimiento, o a la acera de enfrente, en busca de refrescos y helados, al Café Escauriza, propiedad del catalán José Pablo Xiqués, situado en Prado # 124. Este era el más famoso de los cafés del lugar en aquella época, pues contaba además, en los altos, con un salón de baile que fue posteriormente arrendado al Liceo Artístico y Literario de La Habana.

En 1868, otro catalán nombrado Joaquín Payret, dueño del café y restaurante El Louvre, en la esquina de Consulado y San Rafael, adquirió el Escauriza, remodeló el local y trasladó allí el café con el mismo nombre, dejando el establecimiento de la calle Consulado sólo como restaurante.

Rápidamente el café El Louvre se convirtió en el punto de reunión de la juventud más distinguida y alegre de La Habana, de chispeante talento, ansiosa de placeres y a la vez puntillosa en su amor propio y adicta a los lances de honor, muy frecuentes en aquella época. Así también habaneros de ideas liberales, muchos de ellos vinculados a las conspiraciones independentistas, se volvieron asiduos concurrentes de esa parte del Prado que fue llamada desde entonces la Acera del Louvre.

La popularidad del lugar aumentó más aún, pues el céntrico lugar incluía, además de café y confitería, juegos de cartas y ajedrez, sala de baños y gimnasio y varias mesas de billar.. Dicho juego de billar contaba con gran popularidad dentro de la población de la época y siendo uno de los signos distintivos del lugar fue el que motivó el diseño de la marca que llevaría su nombre y que ha dado lugar a esta página.
 

                                                  La Acera del Louvre según imagen del Fígaro de 1899.

Varios episodios importantes de la historia habanera tuvieron por escenario a la Acera del Louvre. Al estallar en Yara la Guerra de los Diez Años, en la capital se hicieron sentir con gran fuerza los desmanes que producía el Cuerpo de Voluntarios, milicias formadas por los comerciantes españoles para reprimir la creciente lucha contra el dominio colonial. Graves disturbios ocurrieron el 12 de enero de 1869 en el Teatro Villanueva, y poco después, el día 24, fue asaltado el Palacio de Aldama después de tirotear a los pacíficos concurrentes en el café El Louvre.

Dos años más tarde se producía en la Acera del Louvre la viril protesta del capitán del ejército español Nicolás Estévanez por el injusto fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina en 1871. El digno oficial, al oír las detonaciones que troncharon la vida de los jóvenes, lleno de indignación, rompió allí mismo su espada y proclamó su renuncia a la carrera militar, pues para él “por encima de la patria estaban la humanidad y la justicia”.

Hacia 1875 surgió en la esquina de la calle San Rafael el lujoso hotel Inglaterra, que ocupó el espacio del café Tacón, un pequeño hotel contiguo al café y una parte de los salones de baile del Liceo. Allí se hospedó años después, en 1890, al visitar la capital, previamente autorizado por el gobierno colonial, el mayor general Antonio Maceo. Su personalidad y su inmenso prestigio hicieron que fuera objeto constante de admiración y entusiasmo por parte de los “jóvenes de la Acera del Louvre”, los cuales se constituyeron en Guardia de Honor del gran guerrero. Con ellos compartió el Titán de Bronce e incluso asistió al duelo que tuvo uno de ellos con un alto oficial español, lo que resultó enaltecedor para ambos contendientes, según ellos mismos expresaron, por poder efectuar su lance de honor en presencia de quien era considerado universalmente “bravo entre los bravos”.




                                        Postal que nos muestra la Acera del Louvre en los bajos del hotel Inglaterra.

Asimismo tuvo lugar en la Acera del Louvre, a la entrada del café y restaurante Cosmopolita, la entrevista sincera y reconciliadora de Maceo con el coronel español Fidel de Santocildes, a quien el glorioso general reconocía como un noble adversario en la guerra y un amigo de los cubanos en la paz, y a quien había vencido años atrás en la acción de San Ulpiano y volvería a hacerlo con posterioridad en Peralejo, en el combate donde fatalmente el español perdió la vida. Este encuentro incrementó en grado sumo el respeto y la devoción que le profesaban aquellos jóvenes, lo que dio motivo a que el capitán general Camilo Polavieja, descontento por la creciente popularidad del Titán de Bronce, le ordenara marcharse de la ciudad.

La Acera del Louvre fue también objeto de la prédica martiana. El 21 de abril de 1879, en un banquete celebrado en honor al periodista Adolfo Márquez Sterling en los altos del café El Louvre, al proponerse un brindis con claras manifestaciones a favor del autonomismo, el joven José Martí, que asistía al homenaje por su amistad con el periodista, pronunció un vibrante discurso contra tales ideas, expresando, al final de sus palabras: “...si entrando por senda estrecha y tortuosa, no planteamos con todos sus elementos el problema, no llegando, por tanto, a soluciones inmediatas, definidas y concretas; si olvidamos, como perdidos o deshechos, elementos potentes y encendidos; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa por los labios; si hemos de ser más que voces de la patria, disfraces de nosotros mismos; si con ligeras caricias en la melena, como de domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana*...”  Y según se asegura, Martí unió a sus palabras la acción de quebrar efectivamente su copa.

Aquellos “Jóvenes de la Acera del Louvre” fueron continuadores de los “Tacos del Louvre” grupo de rumbosos amigos que se reunían en el primitivo café de la calle Consulado para, entre sorbos de café y bocanadas de humo, intercambiar chistosas anécdotas o preparar espectaculares bromas con las que se burlaban tanto de sus propios compañeros como de personas ajenas. Muchos de aquellos  “taqueros” se incorporaron a la Revolución de Yara, como también hicieron los de la Acera del Louvre en el 95, que abandonaron sus frívolas comodidades para irse a la manigua redentora en la que unos ofrendaron su vida mientras otros llegaron al final de la contienda independentista como oficiales de alto rango del Ejército Libertador.
 

Detallemos a continuación el juego de habilitaciones. Este consta de 3 piezas: vista, bofetón y papeleta (mostrada en la presentación), en todas las cuales vemos a los mismos 4 jóvenes ataviados elegantemente, todos fumando y con sus tacos de billar en la mano. Impresas a una sola tinta, con un tono sepia que les comunica un magnifico sentido de antigüedad, presentan como era usual los datos del fabricante en la vista principal y en la papeleta mientras que el bofetón se limita a recrear una escena a tono con el tema de la marca. Al pie se puede observar el código típico de las litográficas alemanas de la época.



Deseando que haya disfrutado de esta estampa lo invitamos a visitar la página de “COSTUMBRES, PERSONAJES Y PAISAJES CRIOLLOS" dentro de la temática de habilitaciones tabacaleras donde podrá ver en detalle tanto esta pieza como otras parecidas.